Se escuchó algo como un empujón fuerte, un cuerpo contra la pared, un suéltame que creo que fue del sombrero. Todo pasó rápido. Esa era la señal. Esa hora dije, “Vámonos.” Abrí la puerta del cuarto apenas lo suficiente para asomar la cabeza. El pasillo hacia donde estaban ellos estaba lleno de sombras moviéndose, pero hacia el otro lado, hacia la bodega, se veía vacío. Le hice seña a la muchacha pegadita a mí. No corras, pero tampoco te quedes. Salimos.
Cerré la puerta sin ruido. Mis piernas se sentían flojas como de algodón. Avanzamos por el pasillo contrario, pegados a la pared. Se oían los gritos atrás, pero yo ya no volteé. A mitad del pasillo ella susurró, “¿Y si lo matan?” No pude contestar. Si decía no, le mentía. Si decía sí, se hundía más. Así que solo dije, “Si nos regresamos, nos matan a todos. Llegamos a una puerta de metal con una ventanita cuadrada. Tenía el vidrio esmerilado.
No se veía bien del otro lado. Empujé con cuidado. Estaba pesada. Era la bodega. Dentro había cajas. Archiveros viejos, muebles arrumbados, todo olía a polvo y a humedad. “Por aquí salimos a la calle trasera”, le dije. Él ya lo revisó antes. Confía. Atravesamos la bodega casi a oscuras. Solo había un par de rayas de luz entrando por rendijas altas. Yo iba adelante tanteando con la mano y entonces un ruido seco, tres golpes como si patearan algo. La muchacha se detuvo.
¿Fue un disparo? Preguntó. No, no mentí. Son puertas. En realidad no sabía, pero necesitaba que siguiera. Por fin encontramos la puerta trasera metálica con una barra horizontal. Empujé. Esta sí se abrió fácil. nos soltó a un callejón estrecho, húmedo, con un solo foco colgando al fondo. A la derecha vi la parte trasera del edificio. A la izquierda, la boca calle quedaba a donde según Mario, casi nadie pasaba. Por ahí, le dije. Empezamos a caminar rápido, no corrimos, pero casi.
El la callejón parecía alargarse más de la cuenta. Antes de llegar a la boca calle me detuve. Me asomé con cuidado. No había coches, no había gente, solo un perro acostado a media banqueta que ni nos volteó a ver. “Vente”, le dije. Salimos a la calle como quien sale a respirar después de salir del agua. Al fondo, doblando la esquina, se veía la parte trasera de la cochera donde habíamos dejado el coche. Y el señor Mario preguntó otra vez.
Ahí fue cuando sentí que la pregunta se me clavó. Él se quedó para esto. Dije, para que podamos hacer esto, caminar, subirnos al coche, irnos. Si nos regresamos, tiramos su sacrificio a la basura. Creo que ahí lo entendió. No porque se calmara, sino porque ya no insistió. Llegamos a la cochera. El guardia de adentro nos vio sorprendido. Ya se van, dijo. Yo no más respondí. Órale, abre. Él ya sabe. No preguntó más. Levantó la cortina metálica. El coche seguía ahí donde lo había dejado, apuntando hacia afuera.
Me dio una ternura rara ver el carro intacto, como si nada pasara mientras allá adentro se estaba jugando la vida. Abrí la puerta del conductor. Le abrí atrás a ella. súbete rápido. Se acomodó esta vez justo detrás de Edini, como si el asiento de al lado estuviera maldito. Yo metí la llave al switch y ese segundo antes de girarla se me hizo eterno. Pensé, si no prende, aquí se acaba todo. Giré, prendió. No sé si fue obra de Dios, del mecánico o de la gasolina buena, pero prendió al primer intento.
Sentí un golpe de aire en el pecho. Metí primera. A partir de aquí ya es otra cosa le dije. Lo de adentro lo tenemos que dejar en manos de él. Salimos de la cochera. El guardia bajó la cortina detrás de nosotros. En el retrovisor vi como el edificio se hacía chiquito mientras avanzábamos. Entonces, por primera vez me cayó el 20 completo. Mario se había puesto voluntariamente en medio de los que venían por sangre con un sobre falso en la mano, no más para que nosotros pudiéramos hacer lo que estábamos haciendo.
Irnos vivos. No era pose, no era película, nadie lo estaba grabando, no había aplausos. Era un hombre tomando la peor parte, sin asegurarse siquiera de que el final fuera a salir bien. Y aunque sus pasos se escuchaban lejos, ahí, en ese volante caliente, supe que ese era el momento en que él dejó de ser solo mi patrón para convertirse en algo más, en lo que la verdad nunca se atrevió a llamarse un héroe que hacía cosas que desde lejos se veían malísimas.
Yo manejaba, pero la cabeza la traía allá atrás en el edificio. Cada que cambiaba de velocidad, sentía como si dejara un pedazo del señor Mario atorado en esa palanca. La muchacha iba callada, pero no, tranquila. Respiraba hondo. De vez en cuando se limpiaba la cara como si quisiera borrar todo lo que había visto. ¿A dónde vamos ahora?, preguntó al fin. Yo también quería saberlo, aunque ya traía la dirección. Me la había dado Mario antes, en una de esas noches donde parecía que hablaba de cosas al aire.
Si algún día te digo que no vuelvas por mí, me había dicho. Agarras a quien traigas y la llevas aquí. No preguntes, no digas nombres, no más toca la puerta y espera. En ese momento no le vi el sentido. Ahora era lo único que tenía. A una casa le respondí a la muchacha. Gente del Señor, Mario te va a recibir. De las que sí ayudan, no de las otras. Ella me miró por el espejo. Y usted, yo vuelvo a mi vida, dije, aunque no me lo creía, o a lo que quede de ella.
Tomé varias calles de más dando rodeos, no por desconfiado de la dirección, sino por costumbre. Cuando alguien te viene siguiendo una vez, te queda la maña para siempre. Veía el retrovisor a cada rato. Esta vez nada, ni el coche del sombrero, ni el otro sin placas, como si se hubieran quedado amarrados al edificio. No sé si eso era buena o mala señal. La dirección nos llevó a una colonia tranquila de casas, viejas, árboles grandes, perros dormidos en la banqueta.
Nada que ver con la tensión que traíamos encima. Nos detuvimos frente a una casa de fachada simple, portón blanco, ventanas con cortinas sencillas, una maceta chueca en la entrada. Apagué el motor y por un segundo me quedé ahí con las manos en el volante sin moverme. “Es aquí”, preguntó ella bajito. “Es aquí”, dije. Nos bajamos. Me temblaban un poco las rodillas, pero caminé. Toqué la puerta con los nudillos una, dos, tres veces. No había timbre. Tardaron en abrir.
Justo cuando yo ya pensaba que tal vez me equivoqué de casa, se oyó la cadena por dentro y la puerta se abrió justo lo necesario para que saliera un ojo. ¿Quién?, preguntó una voz de mujer. Recordé lo que Mario me había dicho. No digas mi nombre si no lo dicen ellos. Primero me mandaron con una persona, dije. Me dijeron que aquí la podían proteger. Silencio. El ojo nos miró primero a mí, luego a la muchacha. Después la puerta se abrió un poco más.
La mujer tendría como cincuent y tantos. Pelo recogido, ropa sencilla, pero mirada firme. No era, señora asustada, era de las que aguantan. Él te mandó, preguntó. No dijo el nombre, pero supe de quién hablaba. Sí, respondí. Me dio esta dirección por si algún día pasaba algo. Asintió una sola vez. Pasen. Entramos. La casa por dentro era normalita. Sala con sillón floreado, mesa con mantelstico, olor a café recién hecho. Había fotos en las paredes, niños, bodas, gente riendo, nada.
Parecía clandestino y sin embargo se sentía algo raro, como si las paredes escucharan. La mujer cerró la puerta y puso la cadena otra vez. Luego se volvió hacia nosotros. “Siéntense”, nos dijo señalando el sillón. La muchacha se dejó caer casi como si no le quedara fuerza. Yo me senté en la orilla sin recargar la espalda, listo para salir corriendo si algo no me gustaba. ¿Cómo se llama ella?, preguntó la mujer. La muchacha abrió la boca, pero yo me adelanté.
No hace falta nombres, dije. Con que sepa que la vienen persiguiendo por papeles. La mujer sonrió apenas. Él te enseñó bien”, dijo. “Los nombres sobran cuando ya hay demasiados papeles.” Se sentó frente a nosotros en una silla. “A ver”, continuó. “Cuéntenme rápido. ¿Lograron llevar el sobre?” “Sí”, dije. El político ese lo agarró, lo revisó. Dijo que era un mapa de todos los que mandan cosas feas. Ella asintió sin sorpresa. Lo es, dijo. Llevamos años tratando de armar algo así, pero siempre faltaba una parte.
Esa muchacha, señaló con la cabeza, trabajó en el lugar justo. Pero dice el señor, intervine, que aunque tengan el papel, mientras ella esté viva, ellos la van a querer callar. Es al revés”, contestó la mujer. “Mientras ella esté viva, el papel vale más, porque no solo son hojas, es testimonio.” Eso es lo que les da miedo. Me quedé pensando en eso. Yo siempre había visto los papeles como lo importante. Nunca había pensado que la persona que los vio pudiera valer todavía más que la evidencia.
La muchacha habló por primera vez desde que nos sentamos. Aquí no me van a encontrar, preguntó. La mujer. La miró con una mezcla de ternura y cansancio. No te voy a mentir, dijo. Si te quieren encontrar, van a buscar hasta por debajo de las piedras, pero aquí no estás sola. Y eso cambia las cosas. se volvió hacia mí y él preguntó, “¿Dónde lo dejaste?” Yo miré al piso, “Arriba, dije, en el edificio. Se quedó con un sobre vacío para entretenerlos.
Nosotros salimos por la bodega.” Ella cerró los ojos un momento, como si le hubieran dado un golpe que ya esperaba, pero que igual dolía. “Claro”, murmuró. “Tenía que hacer eso. Sabía qué iba a pasar, me pregunté. No así con estos detalles, respondió. Pero cuando aceptó ayudarla, sabía que tarde o temprano iban a venir por alguno y él siempre se pone enfente. Me dio coraje. Pues a mí no me gusta. Solté. Uno se viene con la culpa de dejarlo ahí como si lo estuviéramos vendiendo.
Ella me vio serio. Si te hubieras quedado, los tres estarían muertos, dijo. Él no quería eso. Por eso te dio la dirección. Tú cumpliste tu parte. Yo apreté los puños sobre las rodillas. ¿Y ahora qué? Pregunté. Nada más me voy y ya. Hago como que no pasó nada. No, dijo la mujer. Nada de hacer como que no pasó nada. Vas a vivir sabiendo lo que viste y eso ya te cambia, pero tampoco puedes ponerte a jugar al héroe donde no te toca.
Él ya estaba metido hasta el cuello desde antes. Tú no. La muchacha levantó la cabeza. ¿Y él cree que va a salir de esta? Preguntó. La mujer. Tardó en responder. Él nunca piensa en si va a salir o no. dijo al final, “Piensa en si la persona que está ayudando sale. Hoy eres tú, mañana será otro. Así funciona su cabeza. es su modo de vivir. Y si no se muere por balas, se va a morir por eso mismo, por no saber quedarse al margen.
Eso me pegó fuerte porque era cierto. Lo había visto muchas veces ayudar en cosas que nadie le pedía, pagarle la operación a un niño, sacar a un borracho de una bronca, meterse a hablar con gente peligrosa para que soltaran a alguien. Siempre se metía, aunque nadie se enterara. La mujer se levantó. Ella se queda aquí, dijo, “Tenemos un cuarto preparado. No es hotel de lujo, pero está segura. Tú, Julián, vas a regresar a tu casa, vas a ver a tu familia, vas a hacer que este día parezca normal.
Y si alguna vez te preguntan por mí o por esta casa, no nos conoces.” Yo sentí un hoyo en el estómago y si él, si el señor Mario me necesita. Ella me miró con una seriedad que no voy a olvidar. Si él te necesita, va a encontrar como decirte siempre encuentra. Pero hoy, hoy lo único que necesitaba era que cumplas lo que hiciste. Traerla viva hasta aquí. Lo demás, déjaselo a él y a los que estamos del otro lado de esta puerta.
La muchacha se paró, se acercó a mí y me tomó la mano. “Gracias”, me dijo. No sé cómo pagarle. Yo solo alcancé a decirle, “Págame viviendo, mi hija.” Ya con eso me solté de su mano despacio. Me paré y caminé hacia la puerta. La mujer la abrió, miró hacia la calle, se aseguró de que no hubiera nadie y me dejó salir. Antes de cerrar me dijo, “Julián, por si algún día dudas, él no hace cosas malas. Hace cosas sucias para limpiar un poco de tanta mugre.
No es lo mismo.” Asentí con un nudo en la garganta. Salí a la calle. El aire de afuera olía igual, pero yo ya no era el mismo. El coche seguía donde lo dejé. quieto, paciente, como si solo hubiera sido una vuelta cualquiera. Subí, encendí el motor y ahí, con las manos en el volante entendí algo que me había faltado. El plan nunca fue que todos saliéramos bien librados. El plan era que ella viviera, aunque eso significara que él se quedara adentro.
Y esa era la pieza del plan que yo no quería aceptar. Cuando salí de esa casa, sentí que el aire era otro. No porque hubiera cambiado el clima, sino porque adentro dejé algo que no se ve. A la muchacha viva y al señor Mario jugándose quién sabe qué allá arriba con un sobre vacío y un montón de tipos que no conocen la palabra límite. El coche seguía estacionado donde lo había dejado, quietecito, como si nada. Me subí, encendí el motor, pero no arrancaba.
Tenía las manos en el volante y la cabeza todavía metida en el edificio, en los gritos del pasillo, en la cara de Mario cuando dijo, “El mío se queda arriba.” Antes de que me abriera la puerta, la señora de la casa me había dicho una cosa más, casi al oído. Si después de un rato necesitas saber algo, marca a este número desde una caseta. No desde tu casa, no desde el trabajo, de una caseta. Y no preguntes quién te contesta.
Me había dado un papelito doblado con un número escrito a mano. En ese momento ni le hice mucho caso. Ahora lo sentía ardiendo en la bolsa de la camisa. Respiré hondo, metí primera y avancé unas cuadras. No tenía claro si irme directo a mi casa o dar vueltas para enfriar la cabeza. La ciudad empezaba con su ruido de siempre. camiones, gente abriendo cortinas metálicas, el olor a pan recién salido de las panaderías. En una esquina vi una caseta telefónica de las viejas, de esas azules, con el vidrio rallado y la bocina colgando chueca.
Frené. Me quedé viendo la caseta como si fuera una puerta rara. Si entraba, ya no había vuelta atrás. Al final paré el coche junto a la banqueta, apagué el motor y me bajé. Caminé hasta la caseta con las piernas pesadas, saqué el papelito, ahí estaba el número, claro. Metí unas monedas, marqué despacio, número por número. El tono empezó a sonar. Una vez, dos, tres. Bueno, contestó una voz de hombre. No dijo quién habla ni oficina de no sé qué, solo bueno.
Busco al señor, dije. Me dieron este número. Hubo un silencio pequeño y luego escuché la voz que conocía mejor que las marchas de sus películas. Llegaste, dijo Mario. Se me apretó la garganta. Sí, Mario, contesté. La dejé donde me dijo. La señora la recibió. Dijo que ahí se encargan. Se escuchó como si él soltara el aire por la nariz. Entonces, ya se hizo lo importante, dijo. Yo apreté más fuerte la bocina. Y usted, pregunté, ¿sigue ahí arriba?
Aquí ando, respondió. Todavía no me bajan. Y mejor que no te lo describa. Intenté imaginar dónde estaba, si en el mismo edificio, en otro cuarto, frente a los mismos tipos que lo querían doblar. Dígame, ¿dónde está y voy por usted. Solté sin pensar. Se rió bajito, pero cansado. Tú no vas a ningún lado, dijo. Si te ven cerca, nos cargan a los dos y pa acabarla. Tiras al suelo lo que ya hicimos. Me quedé callado un momento con la frente recargada en el vidrio frío de la caseta.
No me gusta dejarlo ahí, Mario. Admití. Se siente como si lo hubiera vendido. Tú cumpliste tu parte, contestó. Trajiste a la muchacha viva hasta donde tenía que llegar. Lo demás ya era mío desde antes de que tú te subieras a este coche. Hubo un silencio raro de esos que pesan. Nada más dígame una cosa insistí. ¿Tienes salida? tardó en responder. Escuché ruidos de fondo, pasos, un portazo lejano. Salida siempre hay, Julián, dijo. No más que unas son pa seguir aquí y otras son pa descansar.
Se me hizo un nudo en el estómago. No hable así, dije. Hay gente que lo necesita. La gente no necesita a Mario Moreno, respondió tranquilo. Necesita que alguien haga cosas aunque no salgan en los periódicos. Y de esos, gracias a Dios, no soy el único. Se oyó como si alguien le hablara de lejos. Me tengo que cortar, agregó. Ya vienen otra vez con sus preguntas. Mario, alcancé a decir. Yo sé quién es usted. Yo lo vi. Nadie me lo tiene que contar.
Hubo un silencio cortito y luego su voz más suave. Con eso me basta. Cuida tú el camino. El mío ya estuvo y colgó. Me quedé con la bocina pegada a la oreja escuchando nada. Luego el tono seco, sin alma. Colgué despacio. Salí de la caseta y me quedé un rato en la banqueta. Viendo pasar coches como si fueran de otro mundo. Subí al mío otra vez. Pero en lugar de irme directo a casa, hice lo que él me había dicho que no hiciera.
Me acerqué a la zona del edificio. No me metí en la misma calle. Claro. Di vuelta unas cuadras antes y me estacioné detrás de un camión repartidor desde donde se veía la fachada de lejos. El cielo empezaba a aclarar. Ese gris de antes del amanecer. El edificio se veía igual que siempre. gris, cuadrado, sin chiste, pero había más movimiento que la vez anterior. Camionetas sin rótulos, un par de coches oficiales, hombres de saco entrando y saliendo, algunos con portafolios, otros con cara de pocos amigos.
Apagué el motor, bajé un poco la ventanilla y me quedé viendo. No buscaba a nadie en específico, pero mi corazón se aceleraba cada vez que se abría la puerta. Quería ver salir a Mario. Hasta me lo imaginaba bajando la escalinata, acomodándose el saco, con esa forma suya de caminar. No salió. Vi entrar y salir a varios tipos de traje, policías de civil, uno que otro empleado que traía cara de no entender nada. Estuvieron ahí un buen rato.
Se gritaban entre ellos, señalaban hojas, fumaban en la banqueta. Luego, poco a poco, las camionetas se fueron yendo. Las luces interiores se apagaron. El edificio volvió a verse como cualquier otro. Yo seguí ahí. El sol ya se estaba asomando, pintando las azoteas de anaranjado. En ningún momento lo vi salir por la puerta frontal. No sé si se fue por otra salida, si se quedó adentro encerrado con sus broncas, si lo sacaron en otro coche por la cochera.
No lo sé. Y aunque hubiera querido bajarme a preguntar, sabía que ahí es donde la gente desaparece por andar de curiosa. Encendí el motor de nuevo, me di la vuelta despacio y me fui rumbo a mi casa. En el camino, la ciudad ya estaba despierta de verdad. Niños con mochilas, señoras barriendo, puestos de tamales con fila. Nadie tenía idea de lo que había pasado mientras dormían. Llegué a mi casa, me estacioné como siempre. Entré con las llaves en la mano.
Mi esposa ya estaba haciendo café. ¿Todo bien? Me preguntó como si fuera un día cualquiera. Yo traía la imagen del edificio en la cabeza, la voz de Mario en la caseta, la frase el mío ya estuvo dando vueltas. Quise decirle todo, que no, que nada estaba bien, que allá afuera un hombre que todos creían payaso se estaba jugando la vida por una muchacha que ni conocía, pero solo alcancé a decir, “Sí, solo fue una noche pesada. Me senté a la mesa, agarré la taza, pero el café me sabía a tierra.” Por dentro, otra frase se me había quedado pegada, clavada como espina.
Cuida tú el camino. El mío ya estuvo. Ese día supe que aunque lo volviera a ver y lo volví a ver después, algo se había cerrado esa noche, algo entre él y esa gente de arriba, algo que no saldría nunca en los periódicos. Y aunque no hubo balazos en la calle, ni sirenas ni noticias al día siguiente, yo quedé con la certeza de que ese edificio gris se había tragado una parte de él que ya no regresó.
A los 85 años uno ya no anda quedando bien con nadie, ni con la familia, ni con los vecinos, ni con la historia. Lo único que a mí me preocupa ahora es no irme con esto atorado en el pecho. Por eso hablo no para armar chisme ni para hacerme interesante. Hablo porque ya no me quiero llevar este silencio a la tumba. Después de aquella noche del edificio, mi vida siguió, digamos, normal, comillas grandes, porque ya nada se siente normal después de ver lo que vi.
Pero la rutina regresó. manejar, llevar y traer, esperar en elar coche. Ver cómo el mundo sigue girando, aunque uno por dentro se haya quedado atorado en un minuto. Del señor Mario oficialmente no se dijo nada raro. Siguió saliendo en películas, en eventos, en fotos, en periódicos. Eso fue lo que me confundió más al principio. Yo pensaba que esa noche lo habían matado o encerrado, pero no. Al poco tiempo lo vi otra vez subirse al coche. Fue una mañana, como dos semanas después, yo estaba en la cochera limpiando el tablero.
Cuando lo vi venir caminando desde el fondo, traía el mismo paso de siempre, pero algo le colgaba distinto en la mirada. No sé explicarlo. Como si hubiera envejecido de golpe. “Listo, Julián”, me dijo como si nada. Siempre Mario contesté como si nada. Se subió, cerró la puerta, se acomodó. Lo empecé a sacar de la cochera. Íbamos en silencio. Yo me moría de ganas de preguntarle qué había pasado esa noche, pero también me daba miedo saber la respuesta.
Al final él fue el que habló primero. Te enojaste conmigo, ¿verdad?, me dijo. Pues me dejó con la culpa. Le solté de irme y dejarlo ahí arriba. Asintió despacio. Era parte del trato. Dijo. Uno se queda, otros salen. Así es este juego. ¿Y cómo salió usted? Pregunté. Porque yo lo vi. Bueno, no lo vi salir. Se rió bajito, sin ganas. Los que mandan no siempre quieren matar, dijo. A veces les conviene más tenerte vivo, pero callado. Hubo regaños, hubo amenazas, hubo te conviene no meterte más en lo que no te importa.
Hizo una pausa. No les gusta que alguien como yo se meta en sus cosas. No tanto por lo que hago, sino porque la gente me escucha. Yo apreté el volante y ya no se va a meter, pregunté sabiendo la respuesta. ¿Tú qué crees?, dijo mirándome por el retrovisor. No hizo falta decir más. Desde entonces entendí que esa noche no fue la única, ni la primera ni la última. Fue solo una más de tantas veces en que él se metió donde nadie le pedía, a favor de gente que ni siquiera lo conocía.
No siempre era tan fuerte el asunto, claro, pero sí era la misma idea, usar su nombre, su dinero, su tiempo para estorbarle tantito a los que abusan. Con los años yo fui viendo cosas que nunca salieron en ningún lado, casas como la que llevé a la muchacha, pero en otros rumbos. Gente que subía al coche llorando y bajaba en otro país. Llamadas raras, reuniones con el del sombrero y con otros como él que trabajaban en la sombra.
Y también vi lo que le costaba. Amenazas, presiones, noches sin dormir, silencios largos en el asiento de atrás. Un día, ya más entrado en años, me lo dijo sin rodeos. Julián, yo sé que a veces parece que ando en cosas malas y no te voy a mentir, a veces tengo que hacer tratos feos, juntar con gente que ni yo mismo quisiera saludar, pero si no lo hago, ¿quién va a detenerlos tantito? ¿Quién les va a decir hasta aquí?
Yo no supe qué contestar, solo atiné a decirle, “No más, no se pierda usted, Mario.” Él se quedó viendo por la ventana. Uno se empieza a perder desde que acepta callarse, dijo. Por eso hablo donde debo, no en todos lados, pero donde sirve. Con el tiempo, mi cuerpo dijo, “Hasta aquí. La rodilla, la espalda, los ojos. Ser chófer ya no era tan fácil. Me jubilé, por decir lo bonito. Él me dio más de lo que merecía, dinero, apoyo y algo que vale más que eso.
Su confianza. Tu viste cosas que nadie vio”, me dijo el último día que manejé. Podrías vender historias a cualquiera y yo sé que no lo vas a hacer. Eso no tiene precio. Tenía razón. Muchos hubieran pagado por saber chismes, por enterarse de cosas, pero lo que yo vi no eran chismes, eran vidas colgando de un hilo. Y si uno juega con eso por dinero, se vuelve parte del problema, no de la solución. Los años siguieron. Él se fue haciendo viejo.
Yo también. Luego llegó la noticia de su muerte. Ya saben cuál. Esa sí salió en todos lados. Todo México llorando al comediante, al artista, al ídolo. Yo lloré al patrón, al amigo, al hombre que se quedó con un sobre falso esa noche para que una desconocida llegara viva a una casa donde nadie la iba a entregar. En su funeral, la gente hablaba de sus películas, de sus chistes, de sus premios. Yo, parado atrás, no más pensaba en sus silencios, en sus noches sin cámaras, en la frase que me mandó por mensaje aquella madrugada.
No fui santo, pero tampoco fui cobarde. Hoy, viejo, ya, sentado en esta silla dura, digo lo que tengo que decir. Sí, yo vi cosas malas. Lo vi entrar a colonias peligrosas de noche. Lo vi juntarse con mind que daban miedo. Lo vi cargar maletas negras. Lo vi discutir con políticos en edificios sin nombre. Si uno lo mira de lejos, fácil dice, este señor andaba en algo raro. Pero también vi lo que nadie vio a quién ayudaba. Lo vi pagar operaciones de niños que nunca supieron quién les salvó la vida.
Lo vi sacar mujeres de casas donde les pegaban. Lo vi mover tierra y cielo para que una muchacha con un sobre acabara en una fosa. Lo vi recibir amenazas y seguirle. Lo vi cansado, harto, pero nunca indiferente. Perfecto. No tenía su carácter, sus errores, sus culpas. No era santo, como él mismo dijo, pero cobarde, eso sí que no. Por eso hablo, porque no quiero que cuando se recuerde su nombre se queden nada más con el sombrero, el bigote y el chiste.
Quiero que sepan que también hubo un hombre detrás que se metía en broncas por otros, en secreto, sin cámaras, sin aplausos. Y si alguien viene a decirme eso no es cierto, eso no está en los libros, yo les voy a responder tranquilo. No está en los libros, está en mi memoria. Yo manejé el coche, yo estuve ahí. Yo vi cómo se bajó con un sobre vacío y cómo nos dejó ir con la parte viva de esa historia.
Ya me voy haciendo, viejo. De verdad, no sé cuántas mañanas me queden, pero si hoy me tocara irme, me iría más ligero, sabiendo que ya lo dije. Mario Moreno no fue solo el que hacía reír en el cine, también fue el que se jugó la vida para que otros pudieran seguirla.